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sábado, 1 de diciembre de 2012

PAPILLÓN MATÓ A PAPILLÓN - Escribe César Calvo

Henri Charriere Papillón y César Calvo en Teatro de Caracas


UNO

Maryaedith García Fuentes me dice que no puede terminar de leerlo y que no importa porque intuye que el tal Henri Charriere es un farsante y en eso palidece, allí está justamente, se sonroja , menos mal que las coincidencias no existen dice, y periodista al fin, cimbreante al fin , sé que no lo conoce ni en pelea de perros , pero es de noche y estamos en el teatro mas cursi de Caracas y entonces ella se le acerca con aires de llanura, ríe, le dice cosas , lo trae, me lo presenta . Y él también se incomoda , más que la cortesía el desconcierto tasajea un saludo , una semisonrisa que pronto cicatriza en lo alto de su facha como de árbol de cuero , Yo hubiera querido nacer en el Perú , me dice, que suerte tiene Usted , además de peruano ser poeta y además de poeta periodista , y desde el fondo de su soleada corteza me escudriñan dos dardos , y al final es lo mismo , dice uno de los surcos de su cara , poeta y periodista, arriba un sombrerito de corduroy canela , porque el periodista es un escritor de lo efímero , abajo una chalina de lana color perla desmedida , y el escritor es el periodista de lo que permanece. ¿ No es así ?

DOS

Esa noche yo estuve , doblemente , en platea , y pese a ser mas ojos escuchándolo que oídos observándolo , hasta hoy desconozco las probables canciones que desde el escenario enriquecieron al ya enriquecido y/o enriquecedor Festival de Onda Nueva.

A la tarde siguiente fue igual , pero mejor , en casa de Charriere . Y a la siguiente, igual , y aún mejor , pues fui con Eva Lewitus y Eva fue con su máquina de anualizar momentos , y Papillón y yo , mientras hablábamos , pasamos varias horas levitando , es decir "lewitando" ante la innumerable mirada de la cámara fotomágica de Eva.

He reunido aquí algunos instantes de esa conversación que nos obsequió Henri Charriere . La pena de su muerte me impelió inicialmente a esconder la entrevista que le hicimos entonces y que ya entonces titulé PAPILLÓN MATÓ A PAPILLÓN.

Solo unos avances de la misma fueron acogidos por la Revista Amazónica Proceso que dirige con tanta terquedad como talento , el poeta Javier Dávila Durand . Puede decirse pues que a "La Prensa" toca hoy plenamente difundir estas notas que nunca imaginaron atesorar la última entrevista concedida por Charriere.

Aquí están sus respuestas a mis pobres preguntas . Aquí están sus palabras revelando la encantada , violenta , tierna hoja de fuego que fue en verdad el alma de ese sólido presidiario conocido universalmente como Papillón , pues tal fue su "alias" en el mundo de la delincuencia. O, para bien decir : en uno de los mundos de nuestra rebeldía.

Henri Charriere y César Calvo en su Sala - Biblioteca

TRES

Dice que está cansado de su voz , que por eso ya no escribe , es preferible hablar 
Casi de un solo paso atravesamos este su comedor que sabe a humo de pipa y Biblioteca , y a transparencia de hálito de frituras recientes, para reintegrarnos al silencio del centro del mundo.
Del centro del mundo de Papillón , y también Biblioteca : la diminuta sala de su departamento.

La tarde caraqueña se adivina a lo lejos un tertuliar de noche , de grillos en la noche , abajo , en las veredas , tras un olor a pino y a luz cálida . Papillón no se apura en las palabras , habla con hambre lenta , con cuidado , igual si siguiera masticando , jurando que en las manos de su mujer se hace poesía la carne mechada con caraotas , inclinado al plato, sin parecer francés , aunque algunas veces, confiesa , piensa en Gustave Flaubert.

Pero sobre todos los héroes prefiere los de Homero. Oui , perdón ...si : vivían de una manera mas integra mas noble , mas intensa que nosotros. ¿ No te parece así ? . Y yo le hablo del Ché y Papillón me dice que sí , que por supuesto , que lo admira , y luego hace un silencio como si se alejara y luego vuelve los ojos al escritorio ya sin remordimiento y luego :
- En el fondo , en el fondo , pienso que yo solamente he venido a mirar . A vivir lo que miro, a escribir lo que miro . Si ... Una especie de confidente ....
- ¿ Puedo hacerte preguntas Papillón ?
- ¿ Otras mas ? ...Las que tú quieras , pero que duren poco, eso sí , para poder hablar de otras cosas ...

CUATRO

- ¿ La Soledad ? _ comienzo
- Creo, mi amigo , que la soledad consiste en no encontrar nunca a los demás cuando se los necesita , cuando mas se les necesita y en el preciso momento en que se les necesita . Creo que esto es la soledad ... Fíjate.Yo hubiera querido solo ser solamente un hombre bueno . Y mira en lo que he terminado : soy solamente un hombre bueno . Y todo por culpa de la soledad.
-¿ Y que cosa es ser un hombre bueno ? ...
Y sus ojos fulguran rasguñando diría que una burla :
-Un hombre bueno no es una cosa hermano mío ...
Y ríe .

Papillón y César Calvo meditan

-Es algo mas que una cosa ...
Y como si en sus palabras recuperase la cara :
-Un hombre bueno es un tipo que puede mirarse en el espejo , todos los días, al afeitarse , y sin bajar los ojos . Todos los días mirándose al espejo , sin bajar la mirada . Eso es ser un hombre bueno a fin de cuentas ...

Y Papillón mas tarde , y con mas nitidez , hace de la entrevista un duro juego , un deslumbrante juego que no olvido .
Y así se lo digo , se lo voy a decir y antes de terminar de hablar él me adivina :
-Sí, es el tipo de juegos al que me acostumbró mi padre , el padre que yo hubiera querido tener . Le gustaban mucho los juegos de palabras . Decía que el ajedrez era como la vida , una frase que nunca termina . Porque o ganas o pierdes , y el triunfo y la derrota son siempre un comienzo , jamás un termino ...

Acaso contagiada por su esposo , aquel nuestro gran músico judío Eva Lewitus se inclina hacia su máquina fotográfica con pasión y con dedos de concierto , y la máquina suena , suena , suena ... Papillón , cuello estirado mas que estirado , tenso , se inquieta y se acomoda sobre los codos , sus ojos van a Eva , se fijan en la máquina que insiste , parece que quisieran detenerla , acallarla , instrumento no de aire sino de luz , no mana melodías sino que sorbe imágenes , bebe músicas mudas . Papillón las escucha y muerde mas la pipa , regresa a mí , gira hacia el otro lado , detrás de su escritorio , y mas y mas nervioso todavía parte al fin una brizna de tabaco entre los dientes y la escupe hacia la luz de la ventana que viene de Caracas . Parece que se calma , torna a hablar .
Y Eva Lewitus aprovecha el reposo de la luz sobre el perfil alerta de Papillón . No se muevan tanto , dice , mis fotos no son impúdicas . Y Papillón : -Ya lo estás viendo , César . Tarde o temprano nos llega la hora , sobre todo en nuestro caso , que nacimos tan bien modelados .



César Calvo con el anillo de arcilla ...


Y reimos los tres . Y Papillón repara entonces en el anillo que verdea en el índice de mi izquierda. Bien hermoso, de arcilla , ¿No...? Si... Si...

Y sin quitar los ojos del círculo de tierra que me obsequió Josefina Alvarez :
-Esas cosas no debieran usarse ...
-¿ Porque no, si son bellas...? - me sorprendo .

Y Papillón, ya no recuerdo bien , creo que sonriendo , como yéndose lejos :
-Porque suelen romperse con mas apuro que el amor, 
con mas crueldad que la niñez, suelen romperse , mi hermano ...

CINCO

-¿ Cómo empleas tu tiempo ?
-No siendo rico.
-¿ Cómo así ?.
-Lo gasto todo pronto y soy pobre otra vez , como siempre . Quiero decir que evito poseer cosas , evito tenerlas guardadas . ¿ Me entiendes ?...
Y contemplando en círculo :
-Ya tu ves mi casita, este departamento , pequeño , pequeño y cómodo , sin lujos , sin desbordes ...
Y recogiendo sin premura , contento sus miradas :
-Mi casita, mis libros , ediciones en todos los idiomas , mis papeles , este disco con temas para niños que escribí hace algunos meses , ya se editó en Paris ,¿ Tú lo escuchaste ayer ?, y nada mas ...


Henri Charriere enseña a César Calvo su Disco para niños

Y apretando los párpados , risueño :
-Ah , sí , siempre un poco de whisky , tal como estás viendo ...
-No como lo estoy viendo , como lo estoy bebiendo .
Y Papillón extrae una gran carcajada , corta el aire , niño de nuevo, siempre , y señala la cicatriz en mi mejilla derecha , aplaudiendo y riendo , Papillón . Y yo tomo entonces su sombrero y me corono y Eva Lewitus clic , tras de la máquina dice que Papillón parece el poeta peruano , clic , y yo el fugitivo francés .
Y reímos otra vez viendo , bebiendo .

César Calvo coronado

-No , no creo en los partidos políticos - dice un poco mas lejos y mas tarde , mirando las gentes que caminan allá abajo , ínfimas , al pie del edificio - . Todos los partidos utilizan al hombre como si fuera una pequeña cosa , un pequeño muñeco , una pieza de ajedrez ... y el hombre es .... Y con ojos y labios que rastrean el aire :
-Las palabras son demasiado poco . Las palabras carecen de acción , no siempre , claro . Carecen de imagen . No sé como explicártelo ... Y volviendo los ojos a su cara, a mi cara , con la mirada rebosante , grávida , como una red cargada :
-¿ Ya lo ves ? Las palabras son demasiado poco , hasta para nombrar palabras son demasiado poco ... Las palabras , mi hermano , nunca lo dirán todo ...
Y va garabateando , mientras habla, una hoja de su cuaderno , y el gráfico inconsciente es mucho mas fiel que las palabras , las palabras que callan , como él dice , y yo le pido que me obsequie la hoja borroneada , graficada , tatuada , y que me la dedique a unos amigos admiradores suyos , los Sarmiento Morey .

Papillón y César Calvo


Y luego vuelta a hablar de los partidos , los deshumanizados , así dice , y voy a discutir pero me aguanto , le acepto su razón , sus mil razones , y voy haciendo mío su desdén por "las oligarquías partidarias" y justo en este instante compruebo que mi anillo de arcilla se acaba de romper , la pobre , verde , al presionar el vidrio que cubre el escritorio . Y Papillón ni un gesto , hace como que no , no ha visto nada , y sus ojos le salen por la ventana , extrañamente brillando ...

SEIS

-¿ Que es para ti Venezuela ?
-La incertidumbre, un océano ...
Y mira , sonriendo fuerte , hacia la Avenida Francisco de Miranda , que pasa aturdida de gentes y de carros.

Avenida Francisco de Miranda

-Venezuela es mi cielo , Venezuela es mi infierno , oui ...
Y una vez mas a la ventana a contemplar aquel olor horrible que alzan los autobuses , y a pesar del supuesto desarrollo , las carnes fritas y las arepas .
-Seguramente allá por Altamira , seguramente una pareja se abraza bajo un árbol y probablemente esa pareja no necesita de tantas y de tantas palabras .Seguro que a pesar de las mareas humanas , a pesar de la explosión de las mareas humanas , esa pareja no se ha olvidado de suspirar ...
Y dice que se pasa la vida espiando el movimiento de los planetas :
-La Luna hermano mío .miro y miro la Luna . Seguramente para no mirar esto ,para no mirar abajo ,. La Luna para vivir ...
-¿ Para vivir ?
-Claro que sí . Oyeme bien : voy a confiarte mi ideal , mi verdadero ideal para vivir ...Una ciudad . Porque desgraciadamente ya me han vuelto un animal de ciudad . Pero distinta , bien distinta ...Mi ideal seria una ciudad sin policías en las esquinas . Porque el tiempo perdido lo es para todo el mundo , nadie lo encuentra . Por eso sueño con una ciudad donde no haya comerciantes en las esquinas ni iglesias en las esquinas ...En fin una ciudad donde no haya esquinas, ¿No?...
-¿ Y existe esa ciudad ? ...
-Nos la han robado , pero existe .
Y vuelve a reir pero con menos convicción. Y alza la voz para descubrir que ese si sería un buen tema para algún novelista .


Papillón y César Calvo dialogan



¿ Y que es escribir ?...
-Escribir es como organizar un infierno propio con nuestras queridas manos , ¿verdad ?... Escribir,creo , es preparar el incendio , la hoguera , la llama donde nos consumiremos a solas, oui ...

-¿ Y el amor, Papillón ?...
-Trés facil , trés dificil ...La gran arteria de la vida ...

Y escapando sin pudor :
-¡ Y no me vayas a preguntar acerca de mi libro , y nada acerca del Papillón que estuvo preso en Cayenna ...!

-Bueno pues, Papillón , ¿Qué es del Papillón que estuvo preso en Cayenna ?
Carcajadas. Y entre ellas :
-Ese Papillón ha muerto- dice Papillón-

-............................................

-Sí, ha muerto, lo mató Papillón - dice Papillón.

Y hacemos un silencio.

Hicimos un silencio.

Un minuto de silencio que ya dura varios años.

César Calvo

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Gracias a la colaboración de la gran Fotógrafa Eva Lewitus y del Dr David Arce
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Edita Dr Guillermo Calvo Soriano



jueves, 29 de noviembre de 2012

Autobiografía - Conferencia en el Instituto Italiano de Cultura 1974

César Calvo - Foto de Eva Lewitus

Conferencia ofrecida en el Instituto Italiano de Cultura el año 1974

Para comenzar de alguna manera y no por el comienzo, confesaré que mi primer intento de libro fue escrito por varios amigos allá por el año de 1958. Juan Gonzalo Rose, Javier Dávila Dourand, Germán Lequerica y César Calvo, entre otros, me regalaron esos derechos autorales con sus respectivos asientos en el pre-Parnaso. Lamentablemente, no pude gozar tan fraternos obsequios pues el poemario (incautamente titulado "Carta para el Tiempo" e inmerecidamente mencionado en el Primer Concurso Hispanoamericano de la Casa de las Américas), el poemario, digo, no llegó a publicarse jamás. Y no llegó a publicarse jamás debido, entre otras razones, a que uno de sus autores sucumbió a la espléndida iniciativa de quemar los originales. Debo decir que los quemé también en mi memoria.

Hoy sólo recuerdo brumosos perfiles y no versos;
una temperatura sedosa o arisca o fatua; un aliento de cortinas y de infancia, 
y acaso si los nombres de los personajes, de los queridos reinos que atravesaban sus páginas, que subieron por ellas y bajaron como por la escalera quebrantada del vecindario limeño que me aprendió a vivir.

Entre aquellos poemas incendiados habían también cantos que anhelaban ser políticos, - porque en ese entonces todos los visitantes, todos los habitantes de este mundo tenían diecinueve años dentro del corazón, dentro del mío; y ustedes, por ejemplo, eran altos y pálidos y hermosos en mi memoria o en mi desconocimiento; 
y yo me negaba a recién-salir de una adolescencia alborotada, prefería confundirla y confundirme con mis propias hambres de escribir y existir, y me era otoñal, me era gélido, me era muy difícil aceptar los distingos entre rebeldía y delincuencia, 
entre amor y cuerpo en llamas, entre palabra confiada y balbuceo altisonoro escrito 
(equívocos que, por lo demás, suelen seducirme hasta la fecha). 

César Calvo en San Marcos 

Llevaba ya tres años en la Universidad de San Marcos y dos en el Frente Estudiantil Revolucionario- Más deseoso de agradar escribiendo arengas que de trabajar rastreando poemas, me gané el tiempo de puro perderlo: rondaba a las cachimbas melancólicas y recitaba en las aulas y en los mítines, esquivando las expresiones crítico-lacrimógenas de la Guardia de Asalto, cuando no, respondiendo con palos a los discutibles criterios estéticos de la matonería del Apra. 

En 1960, paralelamente a mi furtiva participación en un frustrado grupo de guerrilla urbana que organizaron varios compañeros, varios amigos igualmente imantados por la heroica experiencia de Fidel Castro, escribí mi primer cuaderno que creo que verdadero: 
"Poemas bajo tierra". Esos versos compartieron con los cánticos de El viaje de Javier Heraud, el primer premio en el concurso "El poeta joven del Perú", llevado a cabo por el incurable empeño del poeta Marco Antonio Corcuera. A fin de adelantar algunas excusas surrealistas de mi arte poético y mi vida, debo declarar que me fue más problemático cobrar el premio que escribir el libro premiado. El asunto fue así: con Mario Razzeto, también distinguido, como se dice, en aquel concurso, partí un atardecer rumbo a Trujillo, donde nos esperaba Javier para recibir los cheques correspondientes. Pues bien. 
No llegamos a tiempo a raíz de un lamentable error de la policía política de Prado, 
la cual -confundiendo a Mario Razzeto conmigo, y a mí con Mario Razzeto, 
ambos entonces con orden de captura- nos apresó a la altura del río Chillón 
(río de nombre muy apropiado) y nos devolvió amablemente a Lima, a uno de los sótanos de Radiopatrulla de la Guardia Civil, en La Victoria (barrio de nombre igualmente apropiado). Para recuperar nuestra libertad, y siguiendo los ordenamientos parasicológicos descubiertos por Dadá ha mucho tiempo, Mario Razzeto y yo no tuvimos más remedio que falsear y/o intercambiar nuestras identidades. 
O sea que Mario Razzeto se hizo pasar por Mario Razzeto, yo me hice pasar por César Calvo, y así -dejando atrás a un comisario confuso para siempre- pudimos cosechar, como se dice, algunos ralos aplausos trujillanos al día siguiente de la entrega de premios.Pero sospecho, con terror, que no estoy aquí para hablar de esas cosas sino de otras peores, si cabe. Intentaré intentarlo. Al parecer, se trata de exponer cómo escribo. Y por qué. Y para qué. Diré de antemano que me lo he planteado varias veces y que nunca he conseguido sonsacarme una misma respuesta. En un primer momento (y eso que no existen los primeros momentos), llegué incluso a declarar que yo no era poeta, que yo escribía únicamente para demostrar que la poesía no era privilegio de los poetas. Cuando lo hube demostrado (por lo menos a mí), dejé de creer en ese anzuelo para cocineras trágicas, no sin antes haber fatigado unas cuartillas que todavía andan por ahí engrosando ciertas antologías de poesía revolucionaria. 
Era la hora de las manifestaciones obrero-estudiantiles contra la dictadura de Odría, 
contra la dictablanda de Prado, hora de reuniones clandestinas en la Juventud Comunista. Luego, en 1961, Javier Heraud y yo quisimos escribir juntos un libro, un Ensayo a dos voces. Sólo conseguimos trabajar el poema inicial. Era la hora de la fraternidad absoluta; devoradora de tardes y caminatas insaciables. La hora de la generosidad absoluta y compartida. Aceptábamos poetizar únicamente como resultado de un asombro común, colectivo en su origen -en sus garfios oscuros- y colectivo en su finalidad, en su búsqueda, en su abordaje y sus revelaciones. 
Después, poco después, me ocupó totalmente la certeza de que sólo podía escribir 
sobre un cuerpo sediento, encimado al relámpago perpetuo del que habla Manuel Scorza, 
amarrado al jadeo como a la única hoguera que podría salvarnos o -para repetirse- 
escribir como quien galopa por una playa infinita, desnudo y bañado en sangre, 
dando gritos de goce y de victoria... Así abracé (con c y con s, de brasa y abrazo), 
así abrasé los versos de "Ausencias y retardos", editados en 1963.
Después hice canciones. Aquí, por ejemplo, pierdo nombres, armarios cálidos, pierdo cosas que me ocurrieron con tan breves, con tan eternos hermanos. Estoy pensando en Samuel Agama, en Arturo Corcuera, en César Franco, en Reynaldo Naranjo, en 1958, 59, 60 y más. Mucho más. 
Y al mismo tiempo quisiera no recordar nada, porque uno disfraza, uno se disfraza al volver hacia atrás los ojos, se pone los gestos en la nuca, el cabello en la cara, no se ve nada. 
O ve lo que quisiera haber visto, lo que quisiera haber vivido. Bueno... Dije que hice canciones. Y debía decir que hice otras canciones. Canciones a mi padre, a mi primera casa, a los amores eternos cada vez más fugaces, a las plazas de pequeñas ciudades, a los invencibles hermanos de Cuba, a los puentes insomnes, a los compañeros que combatían desde el MIR y desde el Ejército de Liberación Nacional.

 César Calvo, Carlos Hayre y Reynaldo Naranjo

Algunos de esos cantos fueron grabados con Carlos Hayre y Reynaldo Naranjo en un disco que ya no recuerdo. Otros los recogió Chabuca Granda y Luis Gonzáles. 

Otros se perdieron así nomas. Y otros adquirieron vanidad de poema, se divorciaron de sus lentas músicas y fueron a parar a un nuevo intento de libro, "El cetro de los jóvenes", publicado en la Colección Premio de la Casa de las Américas, en 1966. 

Era la hora del infructuoso, del temeroso apoyo urbano que ofrecimos al movimiento guerrillero; la hora de las reuniones de etiqueta de donde salíamos a hurtadillas para poner bombas en la noche inofensiva, vanos estruendos en ciertos rincones de la impasible Lima.En resumen, ni antifaz ni peligro verdaderos. Sólo la desperdiciada posibilidad de un suicidio generoso -siempre al servicio pero nunca a tiempo- que yo busqué negándola, cambiándome de nombres en hoteles de engañosa memoria, hasta que un día desperté sin distinguir en realidad mi rostro, perdido entre máscaras como un naipe en un mazo de barajas ajenas y gastadas. Juan Pablo Chang, con otras palabras, me diría después, en París, generosamente, que fue la soga del ahorcado la que no pudo sostener nuestro cuerpo, y que por ello aquel dudoso arrojo terminó con un palmo de narices en tierra, al pie del árbol. Palabras. Palabras puesto que él, como Javier, tuvo el coraje de hallar un árbol fuerte, una rama saciada en cuya sed morir, en un momento desesperado que nos metía los ojos hacia un callejón sin salida, y acaso era preciso colmar el abismo con nuestros cadáveres, a falta de otros puentes. Y en el fondo de todo, aquella soledad que inventa sentimientos y que inventa poemas, y en cuya compañía suelo aún descubrirme el corazón en el lugar del pómulo -así dice algo escrito-, el corazón en el lugar del pómulo, los gestos del adiós anticipándose a la mano, y a un gran vacío en medio no sé si del amor o de los brazos. 
Si es que no me distrae la memoria. Y es entonces que escribo... 
Nunca del mismo modo ni por los mismos rumbos, ni con el mismo paso ni a la sombra de una misma lámpara.
Todo lo que he dicho antes, todo lo que he sido antes, se ha juntado, tal pareciera, 
en una única boca. En una palabra. En una letra sola, emparentada desde hace siglos 
con las grandes estrellas aún no descubiertas. Siento que cada libro, cada poema, cada verso, obedece a sus propias, intransferibles leyes. Tiene su tiempo de luz, como las vendimias, y su sed de llorar, como los hombres. 
De allí que definirme resulta tan fácil e imposible al mismo tiempo. 
Pienso en Nicanor Parra y en las incansables respuestas que nos dimos una tarde, 
allá en lo alto de su casita en los andes chilenos, cuando nuestros hermanos del Sur 
vivían mediodías nocturnos y no la pesadilla de traiciones y sangre que resisten ahora, y cuando Enrique Lihn exclamó de pronto en el centro de un gran vaso de vino: 
¿Para qué coño se escribe, a fin de cuentas, un poema? 
Y aquí voy:

Se escribe un poema para sentirse el centro del mundo.
Se escribe un poema para hacer más fraternos a los hombres,
o sea para intentarlo,
o sea para que la poesía sirva para alguna cosa. 
Se escribe un poema para no sentirnos el centro del mundo.
Se escribe un poema para ahuyentar a una muchacha.
Se escribe un poema para ayudar a la Revolución.
Se escribe un poema para que los maridos nos odien mucho más. 
Se escribe un poema para que el poema nos acompañe,
para no estar tan inexplicablemente solos.
Se escribe un poema para duplicar el orgasmo
o al menos para ponerle un espejo delante.
Se escribe un poema para no tener tiempo de hacer otras cosas,
como por ejemplo para no tener tiempo de sufrir.
Se escribe un poema para que nuestra tía más querida 
pueda decir a todos que tiene un sobrino que escribe un poema. 
Se escribe un poema para rascarse la barriga en la playa,
para emborracharse en Surquillo 
sin que a uno lo asalten los señores chaveteros,
para darse un descanso entre polvo y polvo, 
para hablar de ello en el Instituto Italiano de Cultura, 
para que a uno lo consientan todo, 
para que a uno no le consientan ni un comino.
Se escribe un poema para que los psiquiatras no nos cobren, 
y para que aquella rubia se sienta inmortalmente poseída,
y para que el general Velasco lea estas líneas
y sepa que Avendaño sigue preso
por orden de una culebra disfrazada.
Y se escribe un poema para viajar a los congresos de escritores
con todos los gastos pagados,
y para ponerle el cascabel al gato,
y para poder comer con la mano en los salones
si nos viene en gana, 
y para morirse de hambre 
y también para no morirse de hambre 
y para quedar como un perfecto cojudo en todas partes, 
y para usar calzoncillos de colores sin que 
se nos acuse de maricas, 
y para que ciertos cadetes nos dejen a solas con sus novias
creyendo que lo somos.
También se escribe un poema para no afeitarse nunca,
para ir al baño sin remordimientos, 
para ir al comedor sin remordimientos, 
para ir al dormitorio sin remordimientos, 
y se escribe un poema para sentirse culpable de todo
y con esos materiales llegar a escribir algún poema. 
Y también se escribe un poema para reírse a gritos 
Y para vivir también se escribe un poema. 
Y para tener un pretexto para no vivir, etcétera. 
Y a propósito de etcétera:
Se escribe un poema para no escribir cosas peores, 
como cartas de amor, cartas financieras, 
facturas por pagar, tratados de filosofía miraflorina,
Y se escribe un poema por incapacidad, 
cuando se ha fracasado como wing derecho en la
selección del colegio, cual es mi triste caso. 
Y se escribe un poema para intensificar la vida, 
como dice Stéfano Varese. 
Y se escribe un poema, finalmente, 
se escribe un poema para que en algún lugar del mundo, 
mañana o dentro de veinte años 
la pareja que está por suicidarse alcance a leerlo, y desista, 
desista por lo menos unos días, 
y comprenda que la vida 
es siempre hermosa 
a pesar de la vida... y a pesar del poema.

Pero estaba hablando, creo, de París. Y de un amigo. Algo de un árbol y una soga, algo de un palmo de narices en tierra. Precisamente en París terminé un libro que inicié en La Habana, allá por 1968. En realidad lo concluí - en 1970 -, ya en Lima. Se llama "Pedestal para nadie", y no le gusta nada a Fito Loayza. A Leoncio Bueno, en cambio, lo apasiona. 
Mi vanidad se inclina hacia Leoncio, como podría esperarse. Bueno, este libro está dedicado a un gran compañero en ia amistad y en la poesía: Carlos Delgado. Carlos me ayudó a corregir varias cosas y podría decir demagógicamente, que algunos de sus aportes hicieron merecedor, a este libro, del Premio Nacional en el 71 o en el 70, por ahí. 

Y aquí he escrito unas líneas sobre ello, porque sino se me pierden.
"Pedestal para nadie" es, en verdad, mi primer libro, por cuanto en él atisbo puertas que antaño descifré a oscuras; logro mirar entre la cerradura y veo, allá delante, detrás de las maderas, colinas que resplandecen en los cuartos, veranos habitados de fuerzas y países, parejas innumerables colmadas como sueños de anticuario, toda esa forma de soñar y vivir poesía que perseguí tantos años sin saberlo. Allí, como en la vida, nunca hay un solo tema que se inicia, desarrolla y concluye, sino constelaciones, constelaciones impredecibles, que se rozan a veces para nada y a veces para siempre. Nunca una sola vida o su reflejo breve, sino infinitas brevedades, eternidades efímeras que se entrelazan aniquilándose, que se entrelazan alimentándose. 
El asunto son varios y es ninguno. No hay asunto: hay ritmo. No hay ritmo: hay el fantasma de un oleaje, sus cabellos en la playa, invisibles y amargos, de mármol, hechos de mármol y de memoria. Y el poema no es el reflejo de la vida. El poema es la vida. Naturalmente, las posibilidades y el sentido de esto me nacieron después de haberlo escrito, conversando un día con José Miguel Oviedo, quien me impulsó a insistir y a insistir. 
Porque ahora creo, además de no creer, creo que la poesía es como el bastón de un ciego, que con ella en la mano es posible seguir el camino pero no es posible verlo ... 
Es como si todas las personas que uno ha sido en su vida, como si todos los países, los destinos, los desatinos y los resplandores que uno ha sido en su vida, se turnaran la dirección del rumbo, y de esa gigantesca migración de oscuridades naciera la mañana como detrás de una cortina inesperada. Ahora que digo esto, siento que uno de aquellos que ya he sido me lleva de la mano, me conduce como un ciego que conduce a otro ciego, y las aguas despiertan bajo mi pie, y sólo puedo presentir en sombra esas luces que otros han de beber y han de mirar cantando. 
Y aquí tal vez radique la más alta generosidad de este insondable egocentrismo que los entendidos han dado en llamar poesía. Y me viene Vallejo: ¡qué ganas de quedarse plantado en este verso!, porque no tengo la menor idea de qué es lo que ustedes quisieran escuchar de mí, y por si fuera poco, yo no sé hablar en prosa... Para salir del pozo y no del paso, tendré que apelar una vez más a la memoria.

Nací el 26 de julio (o el 24) de 1940. Cursé la primaria en la Escuela Primaria "Pedro Tomás Drinot" número 414 de Lima, y la secundaria en el Colegio Nacional Hipólito Unanue. 

Jirón Carabaya N° 413 - Tercer piso, último balcón a la derecha.

Crecí en un vecindario del jirón Carabaya, entre gente inolvidable: Pluma, Manteca, Currurra,Cara'e sopa. Entre formidables muchachos, Juan Munar, Miguel Inza, la "conga" Ana y entre hijos de zapateros remendones, gente hermosa, canillitas de mi edad y de mi pobreza, y otros amigos que me observan desde aquel entonces, parados en su orgulloso asombro. 
Algunos admiran el que me haya dedicado a escribir cosas, así dicen, aunque secretamente habrán de reprocharme que no haya seguido robando carros a su lado; otros me reprocharán que no trabaje en un Banco; otros, que haya perdido tiempo con la política y otros, que no me hayan durado más de tres meses las esposas... Entre ellos he crecido, pues, si es que he crecido...Vivo ahora en todas partes y en ninguna. 
Duermo donde me sorprende la noche o el deseo, pero conservo todavía aquel cuarto salobre, en el tercer piso de la cuarta cuadra del jirón Carabaya (lo paga mi hermano Guillermo, y por él he sabido que el alquiler sigue siendo casi el mismo:
 ochetaitantos soles al mes). 

No puedo dormir muchas veces bajo el mismo techo, ni en la misma ciudad, ni con el mismo cuerpo. Será porque he viajado desde temprano o, según célebre frase del extraordinario creador que es Emilio Adolfo Westphalen: cómo será pues. El hecho es que he podido recorrer muchas gentes en mi vida, muchos países. Fui por primera vez a Europa, representando al Ejército de Liberación Nacional a un Congreso de Juventudes en Bulgaria. 
Las ciudades que más me han conmovido son Praga, Río de Janeiro, Cusco y París. Odio Lima. Volveré al Cusco pronto, cuando Avendaño esté libre y los gusanos se hallen lejos. 

Soy el segundo de cuatro hermanos. Mi padre era pintor, y era también mi hermano. 
Los demás son: Graciela (que además es mi madre),
 y después vienen Helwa y Nanya, y Guillermo. 

No me gustan las drogas ni el alcohol (quiero decir que puedo prescindir de ellos). 
De cualquier casa, siento verdadera pasión por la cama, el escritorio y la cocina 
(quiero decir que entre cocinar, escribir poemas y hacer el amor, 
yo encuentro más parecidos que desemejanzas). 
Amo a este país y creo que lo amaría igual si hubiese nacido en otro, así como amo tantos países que sólo he conocido desde un avión en vuelo. Creo, sin embargo, como Guillermo Thorndike, que el mundo es una mierda. No el mundo que estamos construyendo, naturalmente, sino la podredumbre que heredamos, esa amarga fanfarria de transistores, automóviles y etcéteras; esa máscara de feriante, ese biombo de prostíbulo que sólo puede encandilar a los ingenuos al grado de ocultarles el mundo de injusticias y barbarie, el mundo de hipocresía y de terror, el mundo de niños envejecidos y de bombas atómicas, el mundo de mierda que ya estamos devolviendo a su lugar de origen.

Creo firmemente en la amistad y en el amor. Los desencantos me llegan, ni siquiera me llegan: sigo creyendo igual. Creo en la amistad, en el amor, en la igualdad de los hombres, en el sicoanálisis de Max Hernández, en nuestro padre Freud, en nuestro abuelo Marx, y en todo lo que no creen, por ejemplo, los fascistas. 

Creo firmemente en el advenimiento de un mundo justo y digno, sin explotadores, sin hambre, sin penumbras. Un mundo donde se enseñe, como dice Pablo Vitali, donde se enseñe a nuestros hijos que es más importante tener un amigo y no un televisor, tener una conciencia limpia y no un automóvil último modelo. Donde se enseñe que las cosas son verdaderamente nuestras solamente cuando son compartidas, sólo cuando no han nacido de las hambres ajenas, de las penurias ajenas, sino de las mutuas alegrías y los empeños generosos. Y creo que ese mundo lo haremos ahora, y lo haremos con armas invencibles, escribiendo y amando, y cantando. Y lo haremos aquí, en esta tierra dura, y no en algún sedoso paraíso celestial (tan peligroso, a estas alturas de la ciencia, tan colmado de asteroides en vez de ángeles). 

Mis primeros versos, por ejemplo, no eran míos. Por eso creo firmemente en la poesía. 
Mis primeros versos los escribí a los doce años y eran plagios de José María Eguren. 
Poco después de descubrir a Eguren y a Vallejo (cuyos libros me fueron obsequiados por mi madre, quien tuvo que ayunar para comprarlos), poco después, digo, tuve que echar por la borda una magnífica carrera de plagiario, por culpa de mi abuelo Victor Fuentes Soriano... 

Don Víctor Fuentes Soriano

Fue la tarde en que descubrí su cabeza, blanca, sobre la almohada consagrada a sus siestas de verano. Me dio una pena horrenda verlo así, canoso, abandonado al sueño, indefenso, supongo que ante el tiempo, y me fui a esconder en la azotea conteniendo las lágrimas. 
Allí, avergonzado y solo, contemplando un paisaje de techos ruinosos, 
escribí a mi abuelo una larga carta pidiéndole que no envejezca, y vaya a saberse por qué tuve que redactar aquella carta en verso...! 
Creo que así comenzó todo.
Desde aquella tarde, vengo haciendo todo lo imposible para no ser poeta. 
Y francamente, no sé qué más decir. Les ruego me disculpen.

Poeta César Calvo Soriano.

(Lima, Instituto Italiano de Cultura, 1974)

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Edita Dr Guillermo Calvo Soriano de Lima - Perú.